18 DE DICIEMBRE

SEGUNDA ANTIFONA

Oh Adonai, Señor, jefe de la casa de Israel, que te apareciste a Moisés en la llama de la zarza que ardía, y le diste la ley en el monte Sinaí; ven a redimirnos con la fuerza de tu brazo.

¡Oh soberano Señor, Adonai! ven a rescatarnos, no con tu poder, sino con tu humildad. Antiguamente te apareciste a tu siervo Moisés en medio de una santa llama; diste la ley a tu pueblo entre rayos y truenos: ahora no se trata de amedrentar sino de salvar. Por eso, conocedores tu purísima Madre María y su esposo José del edicto del Emperador que les obliga a emprender el camino de Belén, ocúpanse de los preparativos de tu próximo Nacimiento. Dispone ella, oh Sol divino, los humildes pañales que han de cubrir tu desnudez, y que en este mundo creado por ti te protegerán contra el frío, cuando aparezcas en medio de la noche y del silencio. Asi es como nos has de librar de la servidumbre del orgullo, así como se dejará sentir tu brazo poderoso aunque parezca débil inútil a los ojos de los hombres. Todo está dispuesto, oh Jesús, tus pañales te esperan: sal pues cuanto antes y ven a Belén, para rescatarnos del poder de nuestros enemigos.

EL MISMO DÍA

LA EXPECTACION DEL PARTO DE LA SANTISIMA VIRGEN, O: NTRA. SÑA. DE LA O.

Esta fiesta que hoy se celebra no solamente en toda España sino en casi todas las Iglesias del orbe católico, al menos hasta hace pocos años, fué instituida por los Obispos del Concilio décimo de Toledo, en 656. Estos Prelados hallando algunas anomalías en la costumbre antigua de celebrar la fiesta de la Anunciación de la Virgen Santísima el 25 de marzo, toda vez que esta alegre solemnidad cae con bastante frecuencia en días en que la Iglesia vive absorta en la consideración de los dolores de la Pasión, y que es menester trasladarla a veces al tiempo Pascual en que choca a su vez con otra contradicción, decretaron que en adelante se celebraría en la Iglesia española ocho días antes de Navidad, Fiesta solemne con Octava en memoria de la Anunciación y como anticipo preparatorio de la gran solemnidad del Nacimiento de Jesucristo. En el curso de los siglos sintió España la necesidad de volver a la práctica de la Iglesia romana y de todas las del mundo entero que solemnizan el 25 de Marzo como día para siempre consagrado de la Anunciación de la SS.” Virgen y Encarnación del Hijo de Dios; mas tal había sido durante varios siglos la devoción de los pueblos a la Fiesta del 18 de diciembre, que se juzgó menester guardar un recuerdo. Cesó, pues, de celebrarse en el día susodicho la Anunciación de María, pero fijóse la atención devota de los fieles al pensamiento de esa divina Madre durante los ocho días que preceden a su maravilloso alumbramiento. Se instituyó, pues, una nueva Fiesta con el título de: Expectación del Parto de la Santísima Virgen.

Esta Fiesta apellidada: Ntra. Sra. de la O, o: Fiesta de la O con ocasión de las grandes Antífonas que se cantan estos días, y, sobre todo, de la que empieza: O Virgo Virginum (conservada en las Vísperas del Oficio de la Expectación, sin omitir por ello la del día: O Adonai!) se celebraba siempre en España con gran devoción. Durante los ocho días que duraba, se cantaba Misa solemne de madrugada a la que se juzgaban obligadas de asistir todas las mujeres encinta, de cualquier clase a que pertenecieran, para honrar a María en su divino embarazo y solicitar para sí mismas su amparo maternal. No extraña, pues, que devoción tan tierna se haya extendido con aprobación de la Sede Apostólica a la mayor parte de las demás Provincias Católicas. Pero antes ya de las concesiones hechas sobre el asunto que nos ocupa, la Iglesia de Milán celebraba el Domingo sexto y último de Adviento el Oficio de la Anunciación de la Santísima Virgen, y daba a la última semana de este santo tiempo el nombre de “Hebdómada de Exceptato”, corrupción de Expectato. Pero estos detalles pertenecen a la arqueología litúrgica en especial, y exceden la índole de este trabajo, y así volvemos a la fiesta de la Expectación de la Santísima Virgen, que la Iglesia ha establecido y refrendado como medio de llamar poderosamente la atención de los fieles en estos últimos días del Adviento.

Justo es, ¡oh Virgen Madre! nos unamos al encendido deseo que tienes de ver con tus ojos al que tu casto seno encierra hace ya casi nueve meses, contemplar los rasgos de ese Hijo del Padre celestial y también tuyo, de ver finalmente, realizarse el bienhadado Nacimiento que acarreará Gloria a Dios en los altos cielos y Paz a los hombres de buena voluntad en la tierra. ¡Oh María! contadas están las horas, y rápidamente pasan aunque lentas todavía para tus ansias y las nuestras. Haz estén atentos nuestros corazones con mayor ahínco, acaba de purificarlos con tus maternales sufragios, a fin de que si nada pone trabas en el solemne instante a la carrera del Emmanuel al salir de tu seno virginal, nada retrase, así mismo, la entrada en nuestros corazones preparados por diligente espera.

Gran Antífona a la Virgen Santísima

¡Oh Virgen de las vírgenes! ¿Cómo podrá realizarse esto? Porque no ha habido antes otra semejante a ti, ni la habrá en lo sucesivo. ¿Por qué os admiráis de mí, hijas de Jerusalén? Misterio divino es lo que contempláis.

Señalamos como anécdota curiosa en este día festivo la costumbre introducida por los estudiantes madrileños de la Universidad Central de recorrer las calles de la capital estampando en las puertas con variados colores la letra O en gran tamaño, para expresar ingeniosamente los vivos deseos que todos tenían de que se les adelantaran a esta fiesta las vacaciones de Navidad. Y, por regla general, daba el “placet” el Rector de la Universidad y la refrendaba el Gobierno.

 

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